Lavinia bebida incompleta

Es ya una costumbre verdaderamente antitópica de lo español, antitradicional que diríamos con una precisión yo creo que mayor, el hecho de que salir a comer con ejecutivos, compañeros de profesión, clientes y afines suponga repetirle al defraudado sommelier y a los comensales que no tomamos vino. Porque después hay que trabajar. Coletilla que se añade como excusa para protegernos del qué dirán por la tradición y la virilidad flotante en la vida social.

Una desgracia ayer. Me invita Miguel Ángel Mata a comer con Microgénesis y escogen una joya que planeaba por mi vida sin que la tomara en mis manos. Lavinia vende vino, vino de todas partes, vino que puedes catar, comprar la botella y subirla a la mesa. La noticia la recibo cuando se nos acerca la asistencia que el local pone para la elección de sus caldos. Exquisitamente, nos han servido una copa de un cava del que no reconozco marca, pero que sabe y sienta riquísimo. Se llama Belén: lejos de entristecerse, nos avisa de que está allí, como nuestro ángel de la guarda a la espera de pedirle consejo para tintos, blancos, espumosos.

Hago caso a los habituales y a la sugerencia del chef. Se pasa por la mesa: grueso, grande, hermoso, como se espera de un chef que goza la comida. Me llama la atención sobre unos canelones rellenos de perdiz (suaves, sabrosos, ligeros) y me cuenta que la carne del steak tartare que piden los otros caballeros de la mesa se pica artesanalmente y con mimo, sin máquinas que destrocen, que aplasten, la carne de vacuno.

Comer es ligero. El pan y los aperitivos a la altura. Queda el regreso en busca del vino.

Créditos: la foto la tomo prestada de una aportación de Keko en 11870.

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