Lugares que ya no existen (i)

En la calle San Mateo, estaba La Fuencisla. «Manuel de Frutos», aclaraba el cartel que debió de ser luminoso encima de la puerta. Las rejas estaban siempre echadas, ponía cerrado y se asomaba uno al interior a decir que sí se tenía reserva.
En el comedor minúsculo de seis o siete mesas, estaba siempre el Sr. Frutos. Curiosamente, siempre comiendo. Mientras uno esperaba, mucho más si la espera era solitaria, le insistía a uno en probar las gambas y, ante el anuncio de ser un esperante, argumentaba cargado de razón que qué mejor forma de hacerlo que con unas gambas.
Siempre había menestra perfectamente al dente. Siempre unos pocos mariscos de rara calidad. Algo de besugo, alguna chuleta de cordero, todo sabroso y de los mejores proveedores. El Sr. Frutos seguía comiendo y comiendo mientras los comensales hacían lo propio. Casi antes de los cafés el espacio minúsculo convertía a los presentes en conversadores de una tertulia común. 

Por allí, siempre jueces, periodistas afamados, sensación de conspiración de tiempos de analógicos, de tinta en papel de prensa. De repente, la verja desapareció y un local pequeño, algo perroflauta y carente de toda leyenda ocupa su sitio.

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1 Respuesta a „Lugares que ya no existen (i)“

  1. Gonzalo Martín Dice:

    En un especial de la televisión de hoy, un guitarrista australiano afincado en Madrid dice que ya no quedan lugares como este. Si supiera que es de ayer. Su nostalgia es el rock de los años cincuenta que gustan de hacer sonar en el local. Se le perdona por guiri.